Cueva de Lascaux, un santuario de pinturas rupestres al sur de Francia

No sé si lo habéis sentido alguna vez, pero al entrar en una cueva es como si accediéramos a una dimensión distinta, a un lugar misterioso donde los sentidos perciben la realidad de manera diferente. ¿No habéis oído hablar alguna vez de alguien que ha entrado en una cueva y al salir ha trascurrido más tiempo del que el mismo percibió en el interior?. Una anécdota parecida ya fue contada en el celebérrimo libro Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, cuando nuestro protagonista se adentra en la cueva de Montesinos y al salir le pregunta a Sancho cuánto tiempo a pasado en su interior.

Éste le dice que apenas una hora, quedándose muy extrañado Don Quijote, pues su percepción es que ha estado tres días bajo tierra en un hermoso prado con un enorme palacio de cristal. Esas extrañas sensaciones seguramente no debieron pasar desapercibidas para nuestros más remotos antecesores, cuando hace aproximadamente 40.000 años empezaron a utilizar las cuevas, no sólo como refugio, sino como enclaves sagrados y mágicos. Prueba de ello son las pinturas rupestres grabadas en piedra en el interior de algunas cuevas, figuras de animales y dibujos abstractos, cuya interpretación aún hoy en día esta abierta a numerosas conjeturas. Una de estas oquedades con pinturas rupestres es la cueva de Lascaux.


¿Dónde se encuentra la cueva de Lascaux?

La cueva de Lascaux se encuentra en el sur de Francia, en la región del Perigord, junto a la población de Montignac. Este es un lugar preñado por un gran número de cuevas, algunas de las cuales contienen en su interior magníficas muestras de pinturas rupestres. Una de ellas es la cueva de Lascaux, que junto a las cuevas de Rouffignac y Font-de-Gaume forman una triada excelente para descubrir este modo de arte tan alejado en el tiempo. Esta región francesa junto a la cornisa cantábrica concentran la mayor cantidad de arte prehistórico de todo el continente europeo, siendo una buena muestra de esta zona de la península ibérica las cuevas de Altamira o el Castillo. 


Concentración de lugares con arte ruspestre. Foto de: Santanderlasalle

El Centro de Arte Parietal Lascaux IV

La cueva de Lascaux se abrió al público en 1948, pero debido al deterioro que las visitas produjeron a las pinturas se decidió cerrarlas al público en el año 1966, aunque en 1983 se creo Lascaux II, una replica fiel de la cueva original situada a 200 metros de la original. Como complemento ideal en el año 2016 se inauguró el Centro Internacional de Arte Parietal Lascaux IV, un edificio futurista construido al pie de la colina de la cueva original donde se encuentra una réplica casi completa de la cueva, junto con paneles informativos en el que se detalla la historia de su descubrimiento y del arte parietal en general.
 
Centro Internacional de Arte Parietal Lascaux IV

El uso de la tecnología a través de una película 3D es otra de las opciones que nos ofrece este magnífico centro, y que nos sirve aunque sea de manera virtual para llegar a esos recovecos donde estos artistas de épocas remotas plasmaban sus obras. Es curioso que las últimas tecnologías nos acerquen  a ese tiempo ancestral en el que el ser humano paleolítico supo extrapolar la tridimensionalidad de los cuerpos de los animales a la bidimensionalidad de sus sombras, cuyo proceso necesitó ser racionalizado, siendo seguramente el juego de luces y sombras  producido por las antorchas el vehículo para lograrlo.


Cómo se descubrió la cueva de Lascaux

La cueva de Lascaux fue descubierta el 12 de septiembre de 1940 por cuatro adolescentes que iban en busca de aventuras. Sus nombres eran Jacques Marsal, Georges Agnel, Simon Coencas y Marcel Ravidat, que junto al perro Robot, mascota de este último, merodeaban por el lugar por las numerosas leyendas locales que atribuían que en este punto del Périgord, cerca de la población de Montignac, se hallaba una cueva desde la que salían misteriosos sonidos, y en cuyo interior se encontraba escondido un extraordinario tesoro.
 
Esta cueva llevaba mucho tiempo tapada, pero la caída de un árbol hizo que se abriera una abertura por la cual se había asomado unos días antes Marcel Ravidat y su fiel perro Robot, quien le había guiado hasta ella. Este descubrimiento encendió la llama de la curiosidad a Marcel, quien no tardó en comunicárselo a sus amigos. Días después, este grupo de amigos equipados con herramientas caseras llegaron hasta aquel lugar decididos a agrandar aquel hueco. Una vez que lo agrandaron para entrar con más comodidad sólo quedaba adentrarse a ese mundo subterráneo dominado por la oscuridad. Fue el mismo Ravidat quien tomó la iniciativa y sin pensárselo dos veces se deslizó por el hueco, atravesando unos escombros tras los cuales se hallaba una gran cavidad. Entusiasmado llamó a sus amigos apremiándoles a que se adentrasen también, ya que creía haber descubierto la misteriosa cueva de los sonidos extraños.

Pintura del unicornio

Una vez todos dentro se dirigieron hacia la gran cavidad guiados por la lámpara que sostiene Ravidat, una bomba de aceite de un coche con una mecha de algodón fabricada por el mismo, ya que era aprendiz en un taller mecánico. Después de andar unos cuarenta metros el grupo llega a una galería estrecha y, Ravidat al levantar la lámpara ilumina el techo de la galería, mostrando a los asombrados ojos de esta aventurera pandilla unas pinturas grabadas en piedra formada por figuras de caballos y toros. Extasiados ante tal descubrimiento deciden adentrarse más por esta estrecha galería llena de pinturas imposibles. Esta galería les lleva a una gran sala donde encuentran más dibujos pintados en las paredes.


Este fue el inicio de una aventura que les llevaría durante dos días a explorar la cueva, decidiendo todos ellos comunicar este fantástico hallazgo al profesor León Laval, quien suspicaz ante la posible broma de los jóvenes se resistió en un principio a entrar en la cueva. Pero la curiosidad decantó la balanza y al entrar en la cueva y ver las magnificas pinturas comprendió que ese hallazgo era extraordinario, por lo que decidió que lo mejor era comunicarse con Henri Breuil, un eminente arqueólogo pionero en el estudio de las pinturas rupestres. 

Cuando Breuil contempló las pinturas quedó deslumbrado ante la envergadura del descubrimiento. De inmediato se interesó por ellas, iniciando poco tiempo después los estudios pertinentes. El 21 de septiembre de 1940 Henri Breuil junto con los prehistoriadores Jean Bouyssonie, Cheynier y Denis Peyrony, conservador del Museo de Prehistoria de Eyzies, realizan un primer estudio de autentificación de las pinturas. Al mes siguiente, bajo la dirección de Breuil, comenzaron los primeros trabajos de registro fotográfico de la mano de Fernand Windels, a la vez que Maurice Thaon realizaba el estudio de los dibujos. Ya quedó atrás la idea de que el hombre y mujer primitivos eran unos seres toscos que nada más se preocupaban por sobrevivir y perpetuarse, sobre todo a raíz del descubrimiento en Cantabria de las pinturas de la cueva de Altamira por la hija de Marcelino Sanz de Sautuola, en el año 1879.
 
Henri Breuil y sus ayudantes estudiando las pinturas

Este importante descubrimiento, sin embargo, no fue aceptado por los grandes expertos en prehistoria de la época, representados entonces por los franceses Cartaihac, Mortillet y Harlé, quienes influenciados por su ideas evolucionistas no concedieron que un arte tan perfecto fuera posible en aquellas épocas tan remotas, llegando incluso a decir que aquellas pinturas eran unas falsificaciones realizadas por un pintor francés alojado en la casa de Sautuola. Pero tras el descubrimiento de otras pinturas similares junto con arte mueble en otras cuevas de Europa, sumado a los trabajos sobre arte parietal de nuestro ya conocido Henri Breuil, hizo que esta anquilosada concepción hacia estas gentes de épocas tan remotas cambiara de forma sustancial.
 

Con el paso de los años nuevos estudios dieron más luz a estas enigmáticas pinturas, gracias a los trabajos de André Glory entre los años 1952 y 1963, y los efectuados por Norbert Aujoulat entre los años 1988 y 1999. Tras varias pruebas de radiocarbono realizadas en diferentes años se ha llegado a la conclusión de que las pinturas de Lascaux tienen una antigüedad de unos 20.000 años, entre los periodos Solutrense y badeguliense. En total se han catalogado 1963 unidades gráficas entre pinturas y grabados, donde se encuentran representados sobre todo caballos y ciervos, aunque también hay figuras de bisontes, toros y felinos junto a otros extraños dibujos.


Mucho más complicado es averiguar el motivo por el que fueron realizados estos dibujos, cuyas interpretaciones van desde la vinculación a la magia de la caza hasta asociaciones vinculadas a lo místico y religioso, todo ello aderezado con temas relacionados a la fecundidad y al toteismo. El caso es que probablemente nunca sepamos el significado último de estas pinturas, ya que el contexto cultural en el que fueron realizadas ha sido diluido por el paso del tiempo. De lo que si parecen estar más seguros los expertos es de cómo se produjo ese momento mágico que dio inicio a estas autenticas obras de arte, pues creen que es producto de un largo proceso de indagación, más que un determinado instante de inspiración creativa.

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